Ya no suenan, con su arrullo,
las olas del mar lejano,
mensajeras de aires nuevos
que borraron el pasado,
al marcharse de la orilla
con su espuma como manto,
que abrigaba la esperanza
del puerto aún no alcanzado;
abandonan en desdicha
al marino consternado
ante el inmenso infinito
del azul, titán aciago,
que le roba los sentidos
y al dulce lo vuelve amargo,
que arrebata voluntades
y le postra ante el cadalso.
Viaja millas a diez nudos
sin insinuarse faro;
el horizonte es delirio,
onírica vid de Baco,
a la que en cáscara hueca
tripula así embelesado,
con la brisa en sus mejillas,
sus mástiles azotados
por la fuerza de sus velas
que dispuso él avezado
en valor y echando arrestos;
balbucea un triste canto
al compás del balanceo
de su barco, inusitado
el abandono del timón,
con el destino en su mano:
"Sea pues si he de morir
en las mareas de Elcano;
aún solo en mi bergantín...
¡navegando habré reinado!".
José Ángel López-Cañete Cardona
las olas del mar lejano,
mensajeras de aires nuevos
que borraron el pasado,
al marcharse de la orilla
con su espuma como manto,
que abrigaba la esperanza
del puerto aún no alcanzado;
abandonan en desdicha
al marino consternado
ante el inmenso infinito
del azul, titán aciago,
que le roba los sentidos
y al dulce lo vuelve amargo,
que arrebata voluntades
y le postra ante el cadalso.
Viaja millas a diez nudos
sin insinuarse faro;
el horizonte es delirio,
onírica vid de Baco,
a la que en cáscara hueca
tripula así embelesado,
con la brisa en sus mejillas,
sus mástiles azotados
por la fuerza de sus velas
que dispuso él avezado
en valor y echando arrestos;
balbucea un triste canto
al compás del balanceo
de su barco, inusitado
el abandono del timón,
con el destino en su mano:
"Sea pues si he de morir
en las mareas de Elcano;
aún solo en mi bergantín...
¡navegando habré reinado!".
José Ángel López-Cañete Cardona
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