26.9.17


Sea donde repose esta noche un mullido manto bajo el árbol engalanado con su gargantilla celta de fábulas y esmeraldas, susurrante de cantos hermosos, efímeros, algunos misteriosos al filo de lo inescrutable, dueños de la verdad absoluta que es su ausencia categórica, a la que abandonarse en una diáspora de intenciones olvidadas, en desuso para entregarse a un presente sencillo, puro. El aire perfumado por el aroma de las flores excitadas por la primavera y el verdor fresco y prístino del rocío que inunda hasta cada rincón de los pulmones en profundas bocanadas de redención y gozo químico excelso. El alma y la piel arrulladas por las caricias del sol como las de una amante concebida en las honduras del anhelo que solo la psique logra y se atreve definir, como la mano dejada libre ante un lienzo y óleo bajo el efecto de los vahos iridiscentes del recuerdo de un tiempo mejor que no existió jamás, salvo en descargas de dopamina en el fórnix durante el fornicio entre la vulgaridad y la imaginación más tierna y pasional al contemplar la lluvia un día de verano. La esperanza reconstituyente del oblivio y el trino de los polluelos recién nacidos, símbolo de la inocencia en paz y en conjunción con nuestras raíces más arcanas. Todo un mismo ente, en ese altar regio y majestuoso del reposo analgésico y  del espíritu que son el regalo de los sueños

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