Descubría en mi
ventana
al sereno
pensador,
que no buscaba
respuesta:
ni la pregunta
encontró.
¿Dónde hallar
aquella mano
que al asirla con
ternura
y al sentir su
piel desnuda
se alcanza de paz
remanso?
¿Qué fue de
aquel sentimiento
que tanto gozaba a
solas,
recordando un
bello rostro de mujer,
ahora incierto,
desmembrándose su
imagen
como espuma de las
olas?
Sol verdugo,
tierra yerma,
tanta sed trajo al
sediento.
Secó brote, mató
hierba,
olvidó amor, a la
antorcha robó el fuego.
J.Á. López-Cañete
J.Á. López-Cañete
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